Por: Regina Moromizato Izu
Recuerdo a Marta mirando a su hijo con preocupación. A sus tres años, Joaquín apenas podía interactuar con otros niños sin frustrarse emocionalmente. Había pasado dos años en una burbuja, sin salir de casa, con escasas oportunidades de socializar más allá de las pantallas o las llamadas esporádicas con familiares. Ahora, en su primer día de clases presenciales en el jardín de infancia, no sabía cómo compartir juguetes, respetar turnos o simplemente tolerar la cercanía de otros niños. No estaba solo en esta lucha.
Cuando las puertas de los centros de educación inicial volvieron a abrirse tras la pandemia, cientos de miles de niños en el Perú (y en otros lugares del mundo) se encontraron de pronto en un entorno desconocido. Para ellos, el aula no era un espacio de descubrimiento y juego, sino un escenario desconocido que generaba ansiedad e incertidumbre. Durante los dos años de confinamiento, el desarrollo social, emocional y cognitivo de todos los niños se vio seriamente afectado, con un impacto aún mayor en los pequeños con sospecha de trastornos del neurodesarrollo, como Joaquín.
Las maestras del nivel inicial fueron testigos directos de esta realidad. Al recibir a los niños y niñas, notaron dificultades generalizadas en el lenguaje, la atención, la autorregulación emocional y la interacción social. En algunos casos, parecía que los pequeños no sabían cómo estar en grupo; en otros, las crisis de angustia y llanto eran constantes. La doble carga de estrés —la de haber vivido los años más sensibles de su desarrollo en aislamiento y la de enfrentarse abruptamente a la socialización— dejó una marca profunda.
Para las familias, el retorno a las aulas también fue un desafío. Padres y madres, que durante la pandemia asumieron un rol educativo y terapéutico sin las herramientas necesarias, se vieron sobrepasados por la conducta de sus hijos e hijas. Aquellos con sospechas de trastornos del espectro autista o déficit de atención fueron los primeros en buscar ayuda en los centros educativos, con la esperanza de encontrar orientación y apoyo para aplicar estrategias que en casa les había sido difícil proporcionar.
Sin embargo, los centros de educación inicial no estaban del todo preparados para esta avalancha de necesidades. El déficit de formación en detección temprana y estrategias de acompañamiento dejó a muchas maestras en una encrucijada: atender a niños y niñas con necesidades más complejas mientras intentaban nivelar el desarrollo de todo un grupo afectado por la pandemia. La falta de acceso a diagnósticos oportunos y a especialistas en neurodesarrollo complicó aún más el panorama.
A pesar de las dificultades, el retorno a clases fue también una oportunidad para reflexionar sobre la importancia de la primera infancia en las políticas públicas. Si algo nos enseñó la pandemia es que los primeros años de vida no pueden quedar relegados a un segundo plano. Urge garantizar espacios educativos con profesionales capacitados, fortalecer la detección temprana de dificultades y brindar apoyo a las familias que, como Marta, buscan desesperadamente un camino claro para sus hijos e hijas.
Joaquín, hoy con seis años y con diagnóstico de Trastorno del Espectro Autista (TEA) nivel 2, tiene la oportunidad de seguir aprendiendo con el acompañamiento de su maestra, terapeutas y el compromiso inquebrantable de sus padres. Su historia, sin embargo, es la de muchos niños y niñas que, tras la pandemia, no solo volvieron a la escuela, sino que tuvieron que aprender desde cero cómo ser niños en una sociedad que aún no termina de comprender que las diferencias nos hacen más humanos. Como Joaquín, todos los niños y niñas deberían tener garantizadas las oportunidades para desarrollarse plenamente.
Hoy sabemos que los niños con necesidades complejas no solo necesitan a una buena maestra: necesitan un sistema que los respalde y garantice el desarrollo de sus capacidades.
2 de abril de 2025
29 de diciembre de 2024